Al General Hoyt S. Vandenberg le llevó apenas poco más dos minutos hundirse en el fondo del océano. Una mañana despejada de mayo de 2009, a 11 kilómetros de Cayo Hueso, Florida, una serie de estruendos apagados hicieron erupción desde el interior del casco del navío, donde se habían colocado en sus profundidades 46 cargas explosivas por debajo de la línea de flotación. El penetrante olor a pólvora se dispersó en la brisa y comenzó a elevarse un velo oscuro de humo negro; sin embargo, durante un momento prolongado el barco no pareció registrar la sacudida. Permaneció a flote, con sus 159 metros de eslora, un casco oxidado, retirado de servicio, y dos antenas de radar inservibles que dominaban sobre la superficie del mar.
Entonces, mientras los helicópteros de los noticiarios describían círculos en el aire y un grupo de curiosos miraban desde embarcaciones que holgazaneaban más allá de la zona de las detonaciones, el Vandenberg descendió lentamente en el Atlántico, permaneciendo perfectamente horizontal hasta que por fin la proa se inclinó y la popa se elevó, sin dejar nada más que una extensión de agua blanca. “¡Esta tarde habrá peces viviendo en esos restos!”, señaló Joe Weatherby, el hombre que encabezó el enorme proyecto de hundir el Vandenberg y convertirlo, con el paso del tiempo, en un arrecife artificial que atraería a buzos y pescadores a Cayo Hueso.
Ciertamente, el Vandenberg no es el primer barco en ser hundido de manera deliberada para crear un arrecife artificial. Las aguas frente a los Cayos de Florida se han convertido en panteón de los guardacostas Duane y Bibb, así como del buque de desembarco de la marina de Estados Unidos Spiegel Grove, y en el fondo arenoso, unos 30 kilómetros mar adentro desde Pensacola, se halla un portaaviones completo, el USS Oriskany, el mayor barco hundido de manera intencional para crear un arrecife artificial. Se han sumergido, o para emplear la jerga adecuada, desplegado, decenas de buques de carga de la Segunda Guerra Mundial, conocidos como Barcos de la Libertad, a todo lo largo de las costas del Golfo de México, el Atlántico y el Pacífico.
Personas de todo el mundo saben desde hace mucho que los sitios de naufragios son lugares excelentes para la pesca y, por lo menos desde los años treinta del siglo xix, los pescadores estadounidenses construyeron arrecifes artificiales ex profeso con troncos entrelazados. En nuestra época, los materiales de los arrecifes “hágalo usted mismo” han tendido a ser cachivaches descartados: refrigeradores viejos, carritos de compras, automóviles abandonados, máquinas expendedoras descompuestas. Casi cualquier cosa que pueda hundirse tiene posibilidades de convertirse en un arrecife artificial. Incluso los sancionados oficialmente han sido creados con materiales a todas luces raros, como vagones de metro retirados de servicio, tanques antiguos, transportes blindados de personal, plataformas de perforación petrolera, así como módulos parecidos a colmenas, especialmente diseñados, denominados Reef Balls (bolas de arrecife).
El proceso de cómo –o si– un casco fabricado por el hombre, como el Vandenberg, se convierte en un jardín submarino está regido por variables como la profundidad, la temperatura del agua, las corrientes y la composición del fondo marino. Sin embargo, casi todos los arrecifes artificiales atraen vida marina en etapas más o menos previsibles. Primero, cuando la corriente encuentra una estructura vertical como el Vandenberg puede generar un afloramiento rico en plancton que suministra un sitio de alimentación confiable para sardinas y piscardos, lo que atrae a depredadores como el atún rojo y tiburones. Luego vienen las criaturas que buscan protección de la amplitud mortal del océano: moradores de agujeros y grietas como meros, pargos, candiles, anguilas y peces ballesta. Depredadores oportunistas como lucios y barracudas también se apresuran a ocupar estaciones en la columna de agua, en espera de que sus presas se presenten. Con el paso del tiempo –quizá meses, quizá un década, dependiendo del estado de ánimo del mar–, una extensión extraña de acero en bruto quedará incrustada de algas, tunicados, corales duros y suaves, así como de esponjas, haciendo brotar vida por todas partes.
Durante decenios, en el Golfo de México, las plataformas petroleras y de gas han sido sitios excelentes para la pesca recreativa, dado que muchas especies de peces buscan refugio en sus estructuras submarinas. “El beneficio económico de los arrecifes artificiales es muy claro”, afirma Michael Miglini, capitán de un barco de alquiler de 10 metros de eslora llamado Orión, que transporta a pescadores y buzos a las plataformas de Puerto Aransas, zona dichosamente no tocada por el petróleo que se derramó en el Golfo de México después del desastre de la Deepwater Horizon en abril de 2010. “Crear un hábitat equivale a crear oasis en el desierto. Un arrecife artificial es una manera de estimular la capacidad del océano para producir peces, para multiplicar la vida en el Golfo”. A algunos biólogos les preocupa que los arrecifes artificiales atraigan exclusivamente peces provenientes de arrecifes naturales y que puedan convertirse en zonas de muerte para ciertos peces cotizados, como el pargo colorado, una de las especies de pesca deportiva más capturadas en el Golfo de México.
“Cuando se trata de pargos colorados, los arrecifes artificiales son carnada –menciona James H. Cowan, Jr., profesor del Departamento de Oceanografía y Ciencias Costeras de la Universidad Estatal de Luisiana–. Si el éxito se mide únicamente por un aumento en la captura, los arrecifes artificiales son muy exitosos. Pero si esas estructuras, que suelen colocarse en aguas poco profundas para volverlas más accesibles a la pesca, están atrayendo a los peces de los arrecifes naturales cada vez más lejos de la costa, quizá estén aumentando la sobrepesca de especies que ya se encuentran bajo presión”.
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